15 personas que no se consideran avariciosas, sino ahorradoras

A todos nos resulta embarazoso aprovecharnos de los frutos de un trabajo ajeno. Pero hay que reconocer que hay personas capaces de salir beneficiadas en todo momento, ya que no dejan escapar ninguna ocasión. Atento a estas historias.

Un trabajador astuto y bonos injustos.

Un verano decidí ir a comprar unas nuevas playeras y pantalones cortos justo cuando comenzaron las rebajas. Llegué a la tienda. No había ningún representante cerca y tuve que ir corriendo para encontrar los modelos necesarios. Me los medí y, al parecer, todo estaba bien. Me acerqué a la caja de pago y, de pronto, en el camino, un representante se acercó corriendo y me ofreció una tarjeta con un número.

Representante: “¿Ha elegido su artículo?”.

Yo: “Sí”.

Representante: “Entonces tome esta tarjeta y entréguela en la caja de pago”.

Yo: “¿Para qué?”.

En ese momento me di cuenta de que los representantes de ventas que ayudan a los clientes a elegir un artículo pueden recibir un bono por la venta de parte de la tienda. Y este representante sinvergüenza esperaba en la caja de pago a los clientes que ya habían elegido todo para darles su tarjeta, como si él los hubiera ayudado. El cajero ingresa el número y ¡eureka! Un bono gratis a su salario.

Yo, por supuesto, no tomé la tarjeta y cortésmente lo envié muy lejos. Tal vez, ante tal situación, tú puedas tener un pensamiento diferente, pero yo no tolero a los sinvergüenzas, y considero que todas las personas deben de ganar dinero con su esfuerzo.

Cómo pasé un día de cumpleaños.

Una vez me habló mi vecina, Verónica: “Ven a mi casa, hablemos un poco. Además, tenemos una excusa, es mi cumpleaños”. Era incómodo rechazar la invitación, así que le dije que iría solo por un rato y me puse frenéticamente a buscar un regalo. Le compré flores y un pastel. Pensé que tomaríamos té y rápidamente me iría a casa a preparar la cena.

Mi vecina aceptó los regalos: colocó las flores en un florero y guardó el pastel en el refrigerador. Verónica comenzó a decir que ese día era su cumpleaños, pero que sus invitados asistirían al otro día, por eso, mientras hablábamos, ella cocinaría. No hay problema, ¡adelante! Pero al final comprendí que realmente me había invitado solo para “estar sentada”.

Verónica marinó el asado y empezó a preparar rollitos de pollo. Durante todo ese tiempo hablamos sobre los estudios de los niños, los precios de las tiendas y los platillos con los cuales alimentaría a sus invitados. Ni siquiera me ofreció té.

Bueno, y ¿para qué me invitó a casa haciendo énfasis en que era su cumpleaños? Si quería hablar de precios podríamos habernos reunido en la calle.

“¿Regalas un televisor? ¿Tú mismo lo traes a casa?”

Decidí decirles adiós a mis viejos “cajones”. Me daba algo de lástima tirar un televisor a la basura ya que este funcionaba bien. Por eso tomé la decisión de regalárselo a alguna persona que lo necesitara. Le tomé una foto y la publiqué en varios grupos de cosas de segunda mano en las redes sociales.

Después de 20 minutos de haber publicado el anuncio recibí la primera llamada. Un hombre comenzó a preguntarme: “¿funciona? ¿Por qué lo entregas gratis?”. Al final escuché la frase: “¿Y puedes traerlo? Vivo un poco lejos y no tengo automóvil”.

¡Eso es! Para mí era más fácil llevarlo al basurero. Si hubiera recibido tal oferta hace 20 años, cuando era un pobre estudiante, ¡hubiera ido en metro o tren ligero a recoger un televisor gratis!

Y, más tarde, en mi publicación apareció el siguiente comentario:

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¿Quién pagará la cuenta?

Recuerdo mi juventud estudiantil. Tenía muchos conocidos, y frecuentemente nos reuníamos e íbamos a una cafetería. Pero, al final, menos del 50 por ciento del grupo se quedaba. La gente simplemente se esfumaba: unos decían que iban al baño, otros tenían que irse de inmediato y el resto simplemente desaparecía.

Al final, los que nos quedábamos teníamos que dividir el pago en partes iguales. Recuerdo las caras que todos ponían cuando veían la suma en total. Además, frecuentemente tenía que poner mi parte y la de unos cuantos más. Ahora recuerdo eso y pienso: “¡Cuánto dinero gasté en vano! ¿Qué me impedía ordenar por separado, pagar mi cuenta y no ser patrocinador de esas personas?”.

Supongo que habría parecido algo tacaño.

Niñeras que vienen a comer.

Durante 3 años me vi forzada a contratar los servicios de una niñera. Durante el debate de la alimentación, sueño y otros aspectos de la vida de mi hijo, la primera trabajadora me informó que le gustaban los chocolates, la carne y el pescado. Y todo lo que “se obtenía de la tierra”, es decir, frutas y verduras, no le interesaban en lo absoluto, así que “podía no comprarlas”.

Pregunté irónicamente: “¿Y para mí lo puedo comprar?”. Ella respondió seriamente: “Bueno, eso es cuestión de usted”.

Otra niñera tenía el hábito de abrir literalmente todas las bolsas con comida que había en casa: galletas, jamón, queso, dulces, camarones y demás. De pronto tenía antojo de algún tipo de golosina, recordaba que había algo parecido en el refrigerador y resultaba que el producto estaba abierto desde hacía tiempo. Ya se habían comido una parte y la otra estaba toda seca porque habían dejado la bolsa abierta. Resulta que comía las sobras de la niñera.

Un colega que resultó “decepcionado” por la contabilidad.

Nuestro equipo de trabajo decidió festejar el Día del Albañil, nuestra fiesta en el ámbito profesional. Juntamos dinero y ordenamos una parrillada, compramos pepinos y tomates. Uno de los colegas dijo que él no comía carne porque tenía dolor estomacal. Y en eso, la gerencia dio la orden al departamento de contabilidad de aportar el dinero para la fiesta. Deberían haber visto cómo este hombre codicioso comió literalmente un montón de carne. Al momento de decirle que podía servirse verduras o pan, él dijo: “¿Para qué? Todavía puedo con más”.

A todos les daba vergüenza detenerlo. Entonces le pidieron al contador que gritara en voz alta: “no nos han transferido el dinero, así que reuniremos billetes tomando como base lo mucho que comieron y tomaron”.

¡Deberían haber visto su cara! Mi colega se enrojeció, parecía asfixiarse, tosió y, como resultado, pronunció la frase: “Oh, ¡menos mal que comí muy poco!”.

Cómo mi abuelo arregló el refrigerador gratis.

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Mi refrigerador se quemó. La reparación ascendía a unos 150 USD. Al final, había tomado la decisión de comprar uno nuevo. Pasó un tiempo, mi abuelo me habló y me preguntó: “¿Aún tienes el refrigerador descompuesto?”.

Yo: “Sí, lo tengo”.

Abuelo: “¿Que le pasó?”.

Yo: “El compresor se quemó”.

Abuelo: “Perfecto. En la tarde pasaré por él y te explicaré todo”.

Resultó que en su casa hubo algún tipo de desperfecto con la electricidad y muchos de los inquilinos, debido a las subas del voltaje, habían sufrido daños en sus electrodomésticos: refrigeradores, lavadoras, aparatos en general. Los responsables del incidente tomaron la decisión de compensar todos los daños. A mi abuelo no se le había quemado nada, pero, por alguna razón, quiso ser un sinvergüenza y se acordó de mi refrigerador. La reparación fue absolutamente gratuita.

Cuando se defrauda a los clientes honestos.

Trabajo en una gran tienda en línea, donde el flujo de clientes es enorme. Muchas devoluciones son por las siguientes razones: “no necesito el artículo”, “no era lo que quería”, entre otras. Tales cosas se van a un programa con una devaluación del 30 %. Pero no por el hecho de que sean defectuosas, sino porque necesitan venderse con mayor rapidez, ya que los artículos son transportados bajo pedido y eso significa que no gozan de una demanda en particular.

Uno de nuestros clientes “inteligentes” se dio cuenta de eso e inventó un astuto esquema: ordenaba el artículo que necesitaba, lo rechazaba y, posteriormente, volvía a comprarlo, pero con descuento. Todos los pedidos se realizan en el sitio web, por eso sin problema se puede ver cuando su pedido aparece con el precio que necesita.

Como resultado, ahora no hay precios agradables para nadie, y las devoluciones de los artículos se quedan en nuestro almacén para evitar tales casos en nuestro sistema. Así que, debido a una persona que quería sentirse “más lista”, los compradores honrados sufren.

Recibir a un familiar lejano por un tiempo.

Salía con mi esposa y mi hijo del complejo habitacional y en la banquita estaban sentados unos hombres con túnica: eran unos albañiles. Uno de ellos tenía 50 años y resultó ser familiar de mi esposa, el primo de una tía abuela. Llegó a trabajar a la ciudad desde su aldea. Nos saludamos, le preguntamos cómo estaba y seguimos caminando.

En la tarde comenzaron a llamarnos familiares pidiéndonos por favor que lo dejáramos entrar para que viviera un par de meses con nosotros. ¿Por qué tengo que aguantar en mi departamento a un hombre al que he visto dos veces durante 10 años y mi esposa tiene que hacerle de comer? Les dije directamente que no me gustaba eso y que no me importaban nuestros lazos familiares. Se ofendieron… Bueno, perfecto. Un problema menos.

La cima de la codicia humana.

Ayer, en el supermercado, escuché por casualidad una conversación de una pareja. La esposa le dijo a su esposo que planeaba tomar un baño por la tarde. El hombre se puso tenso y le preguntó nerviosamente: “¿Por mucho tiempo? No entiendo qué se puede hacer durante dos horas en una bañera”.

“Bueno… bañarse”, le dijo su mujer de forma avergonzada y sonriendo tímidamente. Después comenzó a enumerar las acciones que realizaba allí: lavarse el cabello, ponerse una mascarilla en el rostro, etc. “¿Cuál mascarilla?”, se enojó el hombre. “María, ¿recuerdas que tenemos un contador? ¡Ya me cansé de pagar tus baños infinitos! Yo entro a tomar una ducha y salgo a los 15 minutos, ¡y tú tardas 2 horas! ¡Qué horror!”.

Traté de imaginar cómo sería si en mi casa viviera una persona que mide qué tanto tiempo paso en la bañera. No sé cómo sea la situación de María, pero yo no aguantaría ni un día.

Mendigo inusual.

Estaba sentando a la hora de la comida en un restaurante callejero, tomando café al lado de una fuente. De pronto, un joven de unos 30 años se acercó. Tenía aspecto de hípster, con ropa decente y una mochila. Me dijo: “Amigo, ¿no tienes una moneda? Quiero comer”.

Le respondí: “Amigo, solo tengo dinero en mi tarjeta, el efectivo es una reliquia de la Edad Media”. Y, en ese momento, él dijo: “Bueno, entonces pídeme algo de comer y págalo con la tarjeta”.

Lo dijo de una manera tan relajada y con absoluta seriedad que me atraganté con el café: “No”, le dije. “No te ordenaré nada”. Él: “Bueno”, y se fue a la siguiente mesa.

En general, me sorprendí demasiado. Yo comprendo a las abuelitas que piden dinero. Pero que un hombre en condiciones de trabajar pida efectivo de esa manera es algo increíble.

Y ahorré en el perfume y viajé sin pagar el pasaje.

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Un departamento que subió de precio rápidamente.

Decidimos comprar un departamento y encontramos uno de dos recámaras: 70 metros cuadrados, dos balcones donde se podían poner cristales, ubicado en un piso alto, necesitaba una remodelación, pero sin fanatismo. Acordamos pagar una seña. Por la mañana del día X, el agente inmobiliario nos llamó: “No sé cómo decirlo… pero mi cliente decidió que quiere un millón más”.

Mi esposo y yo nos sentimos engañados y decidimos no llevar más lejos la conversación. Ahora nos mudamos a un departamento que no se compara en nada con aquel, pero constantemente miraba el tablón de anuncios.

El departamento lleva ahí más de un año y fue comprado al precio inicial (el que nosotros teníamos pensado pagar). Y ahí están, intentando dividirlo entre una mamá y su hijo adulto con su novia. La codicia no sirve de nada. Supongo que no fue un año fácil para ellos.

Planes para un terreno sin construcción.

Mi suegra fue al jardín: “Oh, ¡qué bien han hecho todo! ¡Qué limpio! Aquí sembraré calabacines, aquí zanahorias, allá petunias, y traeré una mesita y una cómoda de casa”.

Si usted lo dice. Todos los fines de semana durante medio año, mi esposo y yo nos hemos llenado las manos de tierra y hemos sacado toda la basura que llevaba allí décadas solo para eso. Aquí tiene, suegra, un invernadero, 5 filas para sembrar y nuevas macetas para las flores en las ventanas. En el espacio sobrante ya sembramos césped, y hemos planeado construir una cabañita y un estanque decorativo.

¿Quiere un jardín? No hay problema, mi esposo y yo le compraremos un terreno. Allí puede hacer lo que usted quiera. ¿Es mucha molestia? ¿No tiene ganas de ir a regar y desmalezar? Primero se necesita que usted siembre verduras que nadie necesita, las cuales posteriormente se echarán a perder en la bodega. Se equivocó de época, ya que la servidumbre se abolió hace algún tiempo. ¿Se siente ofendida? Bueno, su hijo es un malagradecido, y su nuera, una arpía.

¿Decidió ahorrar? ¿O simplemente está cansado?

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Y tú, ¿cómo actúas cuando te enfrentas con personas así de codiciosas?


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